¿Ser o no ser? Fuimos, somos y seremos

Una de las grandes aventuras en las que nos embarcamos muchos de los que vivimos y no solo transitamos este mundo es la de intentar delinear lo que fuimos, lo que somos y lo que seremos, o al menos lo que querríamos ser.
Cual navegantes del siglo XV , nos adentramos en la inmensidad del mar buscando aquello que aún está por descubrirse. A lo largo del viaje vamos escribiendo nuestras bitácoras dejando en ellas coloridos encuentros con seres o paisajes maravillosos, miradas e imágenes que perduran en el recuerdo, canciones que expanden el alma, aromas caseros que abren nuestro pecho, aquella bruma que nos sorprendió y nos levantó de un sueño, amargos tragos, tormentas inesperadas.
En nuestro andar, en la elección de nuestros caminos recorridos o por recorrer estamos nosotros atestiguando lo que fuimos, lo que somos, ¿lo que seremos? .
Tal vez no debemos ser tan arrogantes... al fin y al cabo, soltemos amarras y sintámonos simplemente parte de este insondable Universo.

martes, 7 de agosto de 2012


Los japoneses tienen la creencia de que las personas predestinadas a conocerse se encuentran unidas por un hilo rojo atado al dedo meñique. Es invisible y permanece atado a estas dos personas a pesar del tiempo, del lugar, de las circunstancias…El hilo puede enredarse o tensarse, pero nunca puede romperse.  Esta leyenda surge cuando se descubre que la arteria ulnar conecta el corazón con el dedo meñique. Al estar unidos por esa arteria se comenzó a decir que los hilos rojos del destino unían los meñiques con los corazones; es decir, simbolizaban el interés compartido y la unión de los sentimientos.  Una leyenda sobre este hilo rojo cuenta que un  anciano que vive en la luna, sale cada noche y busca entre las almas aquellas que están predestinadas a unirse en la tierra, y cuando las encuentra las ata con un hilo rojo para que no se pierdan...

Encuentro

El encuentro con alguien suele estar previsto, decidido y organizado. Por lo general, somos nosotros quienes vamos buscando a los Otros familiares, compañeros, amigos para compartir momentos agradables. En el fondo, para encontrarnos con nosotros mismos: con nuestra emoción al recibir la alegría de algo maravilloso que le pasa a quien queremos, con nuestro malestar y enojo cuando vemos que alguien por alguna causa o motivo nos desilusiona, con nuestra curiosidad cuando hay algo para contar, con nuestra humana sensibilidad cuando aparece una muestra de afecto espontánea, con nuestra propia incomodidad cuando reconocemos que no logramos asumir una postura frente a algún hecho y nos sentimos un tanto perdidos en la incerteza...
Hay otro tipo de encuentros, que creo que da sentido en forma completa a la relación entre el buscar y el encontrar. Son esos encuentros casuales - ¿o causales?- que uno podría estar intentando entender cómo o por qué se produjo, y entrar en el debate en torno a si tenemos un destino o si fue un destino construido por nosotros a partir de una cantidad de decisiones, o ambos!!
Esos encuentros suelen ser mágicos, sorpresivos, inesperados, deliciosos, o en casos de situaciones de violencia como un robo, absolutamente desagradables porque, sea cual fuere la sensación que nos genera, nos invade, nos conmueve, nos moviliza sin haber estado advertidos de ello. En el fondo se vuelven contra nosotros.
Los que nos atemorizan deberíamos guardarlos en un cajón o aplastarlos para que no se metan con nuestra querida confianza, esa que nos permite avanzar, salir, arriesgarnos, emprender, ver con el alma...
Los que nos animan, los que se deleitan, los que nos dibujan una sonrisa, deberíamos contagiarlos al mundo para que parte del sentimiento de entusiasmo, alegría, emoción profunda se propagen y logren transformar un día gris en un abrazo de sol, o un vacío en un torrente caudaloso de afecto.
Encuentros, más allá de los temores. Encontrarse con Otros para encontrarse uno mismo.